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leopoldo emperador. ¿QUIÉN ERES TÚ? DE LA ESCULTURA

José Luis Gallardo.

Mientras contemplaba la pasada tarde la pequeña cabeza en bronce fundido que Leopoldo Emperador ha emplazado con toda propiedad en el entorno del paseo Costa Canaria, hacia la altura del Veril, y que lleva por título “Mujer con tocado en espiral”, otra cabeza me daba vueltas, insistente, dentro de la mía. Era ésta una cabeza imaginada, que se gira enamorada  siguiendo el arco que describe el sol antes de ponerse por detrás de la cumbre, después de reflejarse en el mar y bañar los bungalos de Playa del Inglés. Y digo enamorada, más que nada, por los ojos, enormes, que tratan de esconder detrás de los medio caídos párpados una de esas miradas misteriosas que en ocasiones traicionan a la mujer. La “Mademoiselle Pogany” de Brancusi, en la que también se inspira esa otra “Mujer con un sólo pensamiento”, expuesta por Emperador no hace mucho tiempo en la galería Vegueta, y de la que ya nos hemos ocupado, contrariamente a las otras dos, es ciega. Esta diferencia entre ver y no ver define la distancia que media entre el arte de la escultura del hierro de principios de siglo y el de su declinar. El artista más versátil del grupo Contacto vive con intensidad estos últimos años de la centuria. Nos habla y nosotros le comprendemos. Nos hace un guiño y nosotros sabemos hasta donde quiere llegar. Brancusi y todos sus seguidores, incluído el cubismo, hasta hoy mismo, por ejemplo, no hacen nada de esto. El arte de las vanguardias, en este sentido, fuera ya de su tiempo, se muestra inexpresivo, frío, mudo y ciego. A estas alturas tenemos la sensación de que no produce más que palabras vacías, la expresión se hace notar por su ausencia. Por el contrario, nuestro escultor, la otra tarde, parecía estar pensando en voz alta, allí, en el lugar de esas palabras que no han sido pronunciadas jamás.

Mujer con tocado en espiral. Bronce. Paseo Costa Canaria. Playa del Inglés. Gran Canaria.

Éramos un grupo de amigos, artistas e intelectuales. La amistad y el amor por la obra de arte bien realizada nos convoca. Nos asomamos a ese balcón del paseo que se alonga formando como un pequeño nido de enamorados. Estamos mirando al mar, que muere mansamente a nuestros pies. De pronto, tengo la visión del mar y la noción del mar al mismo tiempo. Detrás de mí, en ese lugar de asedio, en esa “cabeza de mujer con tocado en espiral”, se encuentra lo sensible merleau-pontiano que se abre. Leopoldo Emperador, como persona, como amigo, nos habla, veo el movimiento de sus labios, pero ya no le escucho. Giro yo a mi vez la cabeza. Ahora veo mejor al escultor. Ahora es alguien que con su obra se dirige al mundo y que –seguimos a Merleau-Ponty– desde fuera, parece continuar en “su sueño”. Valéry habla de un cuerpo del espíritu al que asocia la pasividad. Para Emperador, en cambio, nuestras iniciativas nacen en el corazón del ser, se conectan a nuestro tiempo, se apoyan en los quicios de nuestra vida, y hacen de su sentido una dirección. Su “mujer” es el alma merleau-pontiana que piensa siempre y no puede no pensar porque en ella se ha inscrito “algo” o en su defecto el “hueco de algo”. No es –concreta nuestro mentor– una actividad del alma, ni una producción plural de pensamientos. Tampoco se trata de una metáfora –no hay metáforas entre lo visible y lo invisible, arguye el autor del libro homónimo–. “Metáfora” aplicada a “Mujer con tocado en espiral”, o es demasiado o no es bastante. Demasiado, si lo invisible es realmente invisible; no es bastante, si se presta a la transposición. De esta “cabeza”, no se puede decir que su espíritu esté aquí ni tampoco que no está ahí. Lo que hay es una localidad de asedio donde su ubica el teatro de la aparición del otro. Por ello, su dirección se puede decir que no está en el espacio, sino en la filigrana que aparece a su través. Por ello también, el arte del buen escultor es transponible al pensamiento. No es una cuestión puramente de estética. Está más que ligado, religado, no existe ni puede existir sin lazos.

Playa del Inglés, a esa hora de la tarde en que se despereza la noche silenciosa, es un hervidero, un murmullo de turistas prolongado. Las sombras se ven aparecer furtivas en las boca calles y se sienten desaparecer a plena luz de las luces de neón, todo a “soto voce”. El grupo finalmente se decide a subir a los coches para dirigirse a San Fernando de Maspalomas, donde nos espera apalabrada una cena en un conocido restaurante mallorquín. El “arroz caldoso”, plato fuerte de la cocina balear, rociado con un buen rioja de crianza, desata las lenguas y aviva el tiempo que cosquillea la chispa en los ojos de los comensales, sin desparramarse nunca. El artista que hay en nosotros confiesa que se siente víctima de una persecusión no muy profunda pero universal. No aquí, en este comedor agradable, no ahora, en esta noche de mediados de semana de un mes en el que ya se anuncia la primavera. Una buena docena de mujeres y hombres reunidos alrededor de un escultor para homenajearle, para “auscultarle”, para disfrutar todos en buena compaña de ese “¿quién eres tú? que siempre se interpone. A esta pregunta Leopoldo Emperador se sorprende a sí mismo respondiendo: “Él es así”. Pero inventarse no basta, piensa Sartre, primero hay que inventar los medios de inventarse. Quiere decirse que no procede. Una escultura no habla. ¡O tan poco! Dice de nuevo Sartre en otro contexto. Pero, ¡qué importa! ¿Cómo es esta “cabeza”? ¿Ovalada? ¿Redonda? ¿Sonriente? ¿Fruncida? ¿Confiada? ¿Irónica? De los ojos sólo sé que están medio abiertos o medio cerrados. Lo admirable es que uno cree en eso, afirmamos con Sartre. Igual que en las alucinaciones, finaliza el autor de “El ser y la nada”; al principio estas cosas rozan un costado y uno se da la vuelta, luego nada. Pero del otro costado, naturalmente…

escultor

José Luis Gallardo.

Leopoldo Emperador cuando contempla la escultura de principios de siglo, descubre que no todos los temas fueron agotados (tema nuevo) y también cosas de las que en la actualidad ya ni se habla (tema recobrado) o ya ni se usan (técnica puesta al día) o no se les ha sacado el partido potencial que sin duda tienen toda­vía. Para subsanar estas carencias, Empe­rador se sumerge y bucea en la inapreciada fecundidad del pasado, pero es consciente de que esta obra recobrada no puede cam­biar en verdad el porvenir, si el conjunto de la historia y de la teoría no cambia al unísono. Y llega a la convicción junto con Michel Butor, al que en esto nos referimos, de que la sola y mejor prueba de una profunda novedad de la obra de arte es su poder retroactivo. Por ello, la noche de la inauguración el pasado 21 de noviembre, Vegueta fue un escándalo. Picasso, Miró, Archipenko, Boccioni, Julio González, Cal­der, y otros artistas adscritos a la ‘nueva edad del hierro’, fueron transformados, metamorfoseados, exprimidos, por Empe­rador, y palpitan en la galería como algo vrvo.

Recuerdo la exposición del año 1992 en el Centro Insular de Cultura. Recorríamos mi hermano Tony y yo la amplia galería.

«¿Crees tú, Tony, que detrás de estas figuras hay un escultor?», le pregunté así como de pasada y con cierta sorna.

– Hombre -me respondió poco más o menos. Si dejamos de lado la discutible cuestión del mimetismo y cierta explicable impericia, en el tino para la elección de las piezas de ensamblaje, en los cortes, en la limpieza de la soldadura e incluso en la noción del significado del espacio que aquí se manifiesta, no me cabe duda de que Leopoldo Emperador es todo un escultor del hierro en ciernes.

No me sorprendió mucho la respuesta, en realidad me la esperaba, pero sí la contundencia con que la dijo, sobre todo viniendo de un escultor veterano que conoce bien el oficio. Este escultor en ciernes que Tony Gallardo saludaba hace cuatro años, recibe hoy, a mi juicio, su merecida acta de nacimiento Para los escépticos, si contemplamos la atrevida pieza en acero de Emperador que lleva por título Mujer con un solo pensamiento (1997), podemos observar, en primer lugar, cómo recupera a la Mademoiselle Pogany (1915) de   Brancusi, quien a su vez lo hace con la Cabeza  femenina del arte sumerio del siglo XXII a. de C., que se con­serva en el Museo de Berlin.

Esta última, a su turno, se inspira en la Cabeza viril: Gudea, del mismo siglo y que se conserva en el Metropolitan de Nueva York. Todas ellas son representativas del diálogo del escultor con un guijarro y se proponen insertar, en lo fun­damental, las formas humanas en moldes primordiales, tal como nos lo dice André Malraux. Como los escultores sume­ríos Brancusi transforma el párpado en un fuerte relieve, dentro del arco superciliar, y para conquistar sobre la base de una for­ma primordial otra totalmente original, el escultor rumano, desde la oreja a la nariz de su Mademoiselle, ha tendido el arco de las cejas del Gudea. Es la misma o parecida operación, la que realiza Emperador con su Mujer con un solo pensamiento.

Según siempre con Malrauraux los sume­rios, si simplifican las formas lo hacen para liberar al hombre de su humanidad. El ideal de Brancusi, por su parte,no es el de esculpir el rostro de Mademoiseile Pogany, y ni siquiera un huevo, sino una cábeza.  De la misma manera, seguimos con Malraux, lo que Cezannne dice del cilindro y el cono no le conduce a pintar cilindros.  Pero la aportación de nuestro joven escultor  ahora consagrado va más allá. Su ambición es la de ver en grande, ambición que  define, para Baudelaire, a las esculturas de alta época, según cita de nuevo Malraux. La unidad que busca Emperador es aquella que borra las invenciones anteriores, más ni menos.

Beso. Hierro forjado. 1997. Colección privada Las Palmas de Gran Canaria.

 En efecto, su  cabeza de Mujer con un solo pensamiento, niega a Brancusi y niega a la derivación cubista, al tiempo que lo hace con la máscara africana, pese a su penacho, para, valiendose de la ironia de esa boca torcida, por ejemplo, alcanzar la forma-prueba de que habla Malraux, el juez secreto que obliga a los escultores a ceñir su dibujo y a tensar sus volúmenes, a fin de que las figuras que ellos crean participen de su fuerza misteriosa. La resurección. de todas las artes del pasado -finalizamos con el autor del Museo Imagina­rio- saca a la luz poco a.poco, frente a las referencias que afir­man el parecido, la presencia manifiesta u oculta de las que, como las de Leopoldo Empera­dor, en cambio, refuerzan su disi­militud esencial.

Dice Jean-Paul Sartre, finalmente, que experimentamos gra­cias a otros lo que otros experi­mentan como si fueran nosotros. Intento decir con esto, que Empe­rador no consigue comunicarse con sus seguidores unicamente mediante  signos.   Hay en este gru­po de esculturas, sobre todo en las realizadas este mismo año, como un experimento en comu­nidad, en el sentido de que  engloba  tanto al contemplador y su entorno como al ejecutante y el suyo propio y, por supuesto, a la obra misma. Y, más que nada, lo que se propone nuestro joven arstista es restituir al hierro, al bronce, al acero con el que trabaja, la unidad de su emoción. Porque en definitiva, continúa Sartre con respecto a la pintura, si no se tratara más que de esculpir, cada cual podría hacer la prueba.

Ahora bien -finaliza- el arte exige que yo rehaga ese acto. La belleza no surge hasta que yo la haya recreado.Nada que temer: en el acero martillado y ensamblado por Emperador, nuestra fascinación  de  es requerida por los temblores de una materia resistente en vias de organizarse y doblegarse, al tiempo que alcanza forma artística.

El sueño de Hestia

José Luis Gallardo.

Leopoldo Emperador es el miembro más joven del grupo Contacto-1 y quizás también de su generación. Su primera exposición pública individual consistió, y no por mera casualidad, en una “instalación-ambiente” (Casa Museo de Colón, Las Palmas de Gran Canaria, 1976). Pero ya antes le habíamos conocido en su estudio-taller de la casona de los Alzola en la calle Juan de Quesada.

En su frontispicio, quizás sin él mismo saberlo, el que más tarde se iba a revelar como gran manipulador del teatro del esperpento valleinclanesco, el Emperador deslumbrado (si esto puede así decirse) por las arpilleras millarescas, colgaba un cartel que ocultaba otro: el alquimista del espacio y de muy altos vuelos. Su obra posterior, muy variada y extensa, y que ha recorrido muchos lugares y participado en muchos certámenes, tanto en las islas como fuera de ellas, así lo corrobora. En la actualidad está comprometido en un proyecto de escultura urbana a ubicar en la avenida Marítima, que data de 1994, y que el autor titula Puerta Atlántico, así como suena. He examinado con detenimiento textos, fotos y bocetos, así como la recreación por ordenador de la escultura y su entorno (la rotonda de la desviación de Juan XXIII), que Leopoldo Emperador me trae.

Y esto me adentra de lleno en el simbolismo de la ciudad en su autonomía. La ciudad contemporánea corre el riesgo de caer en tal degradación moral como pueda suponer la separación de sus creencias más fundamentales. Emperador, en su proyecto, no transgrede la regla según la cual hablar de la tradición implica forzosamente una referencia al presente. Si no hubiera crisis permanente de la ciudad y de su sistema de valores, no haría falta erigir estatuas y monumentos. Platón cifraba en tres puntos este sistema, a saber, la paideía o la transmisión escolar del saber; lo que se considera auténtico y verdadero (tá nomizómena); y la costumbre y los antepasados (tá pátria) o también simplemente lo aural, akoé, lo que se dice entre la boca y el oido, pero que viene de muy antiguo. Emperador se propone conjurar, en interés, sobre todo, de la ciudad futura, las técnicas de persuasión más eficaces. En esta escultura que ahora se nos presenta, la mitología, desde siempre tierra de exilio, se trasforma en una vasta configuración de proyección irregular, cuyas formas y perspectivas, puede resultar interesante analizar brevemente. La ciudad o, mejor dicho, la gran urbe, se extiende, según la descripción del profesor Fernando Martín Galán, que aquí seguimos, por la llanura del litoral a nivel del mar (desde La Laja al tómbolo o istmo de Guanarteme, con una longitud de aproximadamente diez kilómetros), saltando al anfiteatro montañoso de la plataforma detrítica superior a través de un acantilado muerto o escarpe desgastado. El barranco Guiniguada, como es sabido, divide esta amplia área en dos grandes subáreas, al sur y al norte de la cuenca. Su superficie total aproximada es de unos 24 kilómetros cuadrados. En su conjunto conforma, siempre según el profesor Martín Galán, un polígono convexo de cuatro lados desiguales, cuyas líneas imaginarias siguen el trazado desde el lado mayor de dirección Sur/Norte que une la playa de La Laja con la montaña del Vigía en la Isleta. En la dirección Norte Este/Sur Oeste, une esta montaña con el litoral del Rincón. Desde aquí, con rumbo Norte/Sur se penetra al interior alcanzando a Cuesta Blanca, para desde allí, partir con dirección Norte Oeste/Sur Este, hasta unirse de nuevo con La Laja.

Atlantic Junction. Simulación por ordenador. 1997.

En el centro neurálgico de este vasto perímetro, la escultura de Emperador arrancaría al silencio de la autovía ruidosa, la inversión, de la que habla Marcel Detienne, de la voluntad de tradición de todo un pueblo, en el triángulo que trata de recomponer la memoria rota. La cara noble de este triángulo, la que se contemplaría desde el mar, semeja una figura. Es, se nos antoja, el guardián de la Puerta. Su simbolismo invoca a Hestia, en tanto potencia del Hogar de la ciudad. Contemplar esta escultura por sus tres costados, el que da al Norte, el que da al Sur, y el que da al Este, del que hablamos, es como ver al completo a Hestia misógina, la ciudad en su autonomía. Es verla en sí misma y en sus estatuas, en sus agálmata. Puerta Atlántico significa (y señala) igualmente el Consejo de la Ciudad, la Boulé, así como el lugar de depósito de los ingresos, la Hacienda Pública. Para los habitantes, los idiotai, Hestia se identifica con el hecho mismo de vivir, con la vida en sí misma. Mientras que para el gobernante (archóm) es el poder, la dínamis de su poder, de su arché. El simbolismo en sentido fuerte de esta propuesta de Leopoldo Emperador, se mueve entre la vida individual de cada fuego o lar singular y el poder colectivo encarnado por Hestia a través de los tres rostros de su unicidad, a saber, El Consejo Municipal, el Tesoro Público y el poder de mandar en sí mismo. La Hestia política, resumimos de Detienne, que al imperativo de su poder añade la vida privada de cada uno, se edifica en torno a Puerta Atlántico y su entorno el espacio de su autonomía, materializada por el pritaneo, la morada de los magistrados que ejercen el poder.

Ulises/Emperador -extraemos finalmente de Detienne- se interrumpe y pone fin a su relato: ¿Por qué retomar la historia de ayer? ¿Por qué mitologizar (mythologeúein)?. Si Ulises/Emperador con este audaz proyecto, que se propone potenciar ese algo especial y mágico que el espacio del nudo de Juan XXIII de por sí posee, punto por punto nos cuenta su historia (mython…katalégein), es decir, se siente forzado a constituirse en su propio aedo, seguramente es porque la cultura consiste también en el aire que se respira. Y porque ninguna pheme, ningún rumor, muere por completo. Es el rumor que entra por el Puerto de La Luz, al que la ciudad ha sacrificado muchas de sus potencialidades, la noticia que viene por el aire a través del aeropuerto, los rumores que vagan, innumarables, en medio de los ciudadanos. Y este monumento se erige sobre la base de un buen rumor, a la vez oracular y político. Estaría ubicado en el lugar exacto o cordón umbilical de la autovía Marítima, bajo la forma de un preludio o proemio que los griegos a menudo llamaban paramythion. Su cara noble, su cara que da al mar, es la víctima propiciatoria de Hestia, que además de ser escogida por un jurado, se señala así misma y de una vez por todas, manteniendo la cabeza “baja”.

José Luis Gallardo
27 de Febrero de 1997

Compromiso con el arte

José Luis Gallardo.

«Una de las cosas que debemos dejar bien claras -si no queremos perdernos en la aparente baraúnda del arte actual- es que el arte no se ha vuelto loco. Esta expresión – repetidamente oída en boca de muchos, incluso entre entendidos- viene a ser como el resultado de una interpretación idealista, que concibe el arte como un ente absoluto, por encima de nuestras cabezas, dotado de cierta organicidad, del cual los artistas (esos «iluminados») no son sino meros interpretantes.
No, el arte ni se ha vuelo ni puede volverse loco; si acaso, los que estamos un poco locos somos nosotros, la sociedad, esta sociedad hoy en plena descomposición, que el ascenso de la burguesía desde finales del siglo pasado, con pretensiones de eternidad había fundado.
Si miramos las cosas desde una perspectiva real, entonces podemos verlas de otra manera: el arte como producción social del hombre individual. Como expresión del compromiso del hombre individual con la sociedad. Así, si la sociedad cambia y se transforma -por la base- y si esos cambios son cada vez más acelerados; más sofisticadas las tecnologías; al hombre y a su quehacer artístico se le presentan dos opciones fundamentales: o se inserta en ese ritmo de cambios y de novedad (el compromiso en el sentido de la vanguardia) o se anquilosa y pretende dar marcha atrás (el compromiso en una inútil empresa de evasión). Leopoldo Emperador, este joven artista que expone actualmente en la Casa de Colón, se instala consciente y valientemente en la primera, en el arte auténticamente comprometido, de participación».

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