LEYENDA DEL JOVEN Y EL MAESTRO

Acto de ingreso de Martín Chirino como Academico de honor de la Real Academia Canaria de bellas Artes.

12 de noviembre de 2015.

Excma. Sra. Presidenta de la Real Academia Canaria de Bellas Artes de San Miguel Arcángel, Excmos. e Iltmos. académicos, autoridades, señoras y señores:

En este solemne acto de nuestra centenaria institución, es para mí un inmenso honor dirigir estas sencillas pero emotivas palabras, a quien, desde mi juventud, he tenido como referente, pero sobre todo, como amigo.  Por ello,  mis palabras estarán condicionadas más por este sentimiento que por los reconocidos méritos de Martín Chirino, Académico de Honor de nuestra institución, que se enorgullece y honra de contar entre sus miembros al más importante escultor español y canario del último siglo.

«Eran los tiempos finales del plomo, era una mañana de verano.

Un joven andaba ávido buscando respuestas a sus incipientes preocupaciones derivadas de su intuida pasión, escrutaba a cada persona que encontraba en su camino, y para no equivocarse, llevaba apretado en el bolsillo un pequeño libro, una modesta monografía, su preciado mapa del tesoro que le orientaría en su búsqueda.

Dedicatoria de Martín Chirino en guardas de monografía.

Apenas tenía referencias, pero sabía que el maestro estaba allí, tenía la plena certeza de su presencia.

Sabía, por lo que había leído, que le reconocería nada más verle. Nadie podía ocupar el espacio como él. Así lo imaginaba.

Encontró en la playa a un hombre que agachado, mientras dibujaba obstinadamente espirales en la arena, entonaba un soniquete acompasado, rítmico como los sonidos del martillo que al golpear el yunque escribía la partitura del misterio de la creación.

– “Menos es más”.

No parecía importarle que la marea desdibujara, una y otra vez,  aquel gesto. Era la propia fuerza de la naturaleza la que le impulsaba a repetir aquel movimiento firme, excéntrico, mágico.

Sin duda tiene que ser él, pensó el joven que, tímidamente, preguntó al hombre que, hincado de rodillas, se fundía en un todo.

– ¿Eres tú?.

El hombre pegado a la arena, a su tierra, respondió gentilmente sin alzar su mirada que, absorta, seguía las ondulaciones hipnóticas del agua:

– “Soy el hombre que soñó de niño que el horizonte podía desplazarse”.

Y a continuación añadió:

– “He visto al aire hacer un agujero con su movimiento espiral y excavar la grava y subirla en el aire junto a la arena”.

Y mientras el hombre seguía con el dedo inscribiendo aquellas espirales efímeras, el joven le observaba. Transcurrió así un instante, un fragmento de tiempo que al joven le pareció el transcurrir de la historia, del universo descrito en simple dibujo.

El maestro, entonces, alzó la mirada y  al contemplar al joven que le observaba ensimismado, le preguntó.

– “Qué buscas?”.

El joven le respondió: “quiero llenar de sentido mi obra, soy artista”.

“¿Cómo?” dijo el maestro.

Sin ademán incómodo retiró la mirada y continuó a lo suyo dibujando espirales, y entonces susurró:

– “Empieza pues a entender que lo que tienes que hacer es desandar el camino, deshacer, a través de lo que sabes”.

“Pues, ¿así podré?”, preguntó, impetuoso, el joven.

“Eres libre cuando lo que piensas y lo que haces es armónico”, respondió el maestro.

Sin decir más palabras tomó entre sus manos aquel pequeño tesoro que el joven llevaba en su bolsillo y, humedeciendo su dedo índice en el tintero del mar, describió una espiral en sus guardas.

Con el devenir imparable de aquella espiral del tiempo, trazada en las modestas páginas en blanco, la magia de aquel simple gesto transformó al joven en sexagenario y al maestro lo hizo más sabio y joven.

Gracias Martín por tu amistad y magisterio de estos cuarenta y tantos años.»


Benozzo Gozzoli – San Giminiano- Iglesia de San Agustín.

Buenas noches.