HIERRO DELICADO

Jonathan Allen.

Cuando en 2010 invité a Leopoldo Emperador a participar con una obra y una instalación (mejor dicho la recreación de una instalación) en la exposición Canarias eléctrica, celebrada en el Museo Elder de las Ciencias y la Tecnología, lo hice pensando en su vanguardista «escritura lumínica» de la década de los 80, que empleaba el neón para dibujar en el espacio y como vehículo simbólico. Presentamos uno de sus Alberos, y también la instalación, Poética. Como la «electrografía» y el «neonismo» de Leopoldo era lo que me interesaba en esos momentos, sin duda obvié, o no primé el «propósito» o fin de esas obras, su metatexto, aunque resultó imposible desviarse de sus significantes, pues éstos, se imprimieron, se sobreimprimieron a las intenciones del comisario. Algo que me agradó mucho, por recordarme, sorpresivamente, el poder autónomo del arte, la capacidad de que sus auténticos significados logren imponerse a los sentidos y acepciones que queramos darle.

       El Albero es un árbol, o un rincón plantado, y la instalación Poética, una metáfora sobre lo artificioso y lo natural, la naturaleza y los conceptos que el hombre elabora para adaptarla y encapsularla, un diálogo que deriva hacia la contraposición y el contrapunto. Me di cuenta, el hecho se subrayó, fue subrayado, cuando el jardinero experto pobló de plantas y musgo cada letra vacía de la palabra, y lo digo, literalmente. Plantó un jardín aéreo en siete macetas-letra de hierro que se colgaron sobre la pared.

     El segundo recordatorio de la esencia subyacente del arte simbólico de Emperador se debe a una circunstancia «accidental», una de esas coincidencias cotidianas, que vigorizan y nutren la savia de nuestra diluida existencia. En un cambio de cuadros expuestos en el CICCA, un lienzo monumental de un pintor, se sustituyó por otro y me hallé, de repente, ante una maleza virtual de Leopoldo Emperador, uno de los fondos selváticos sirviendo de soporte a una secuencia de números iluminados (en neón), y  que daba título a la creación: 1,2,3,4,5,6,7.

       Alguien me preguntó que cómo se clasificaría esta imagen pictórica, y yo respondí:

       -Bueno, es divisionista, sintetista, quizás plenamente abstracta, pero en el fondo un bosque. Es una imagen simbólica.

       Emperador, más allá del desconcertante despliegue estilístico de su obra, es increíblemente fiel a dos grandes temas, la naturaleza y la relación entre las culturas. Y lo que hace, en realidad, es provocar en nosotros, los espectadores de sus tan frecuentemente perdidas instalaciones, un estado de conciencia intensificada que complementa con herramientas más tradicionales (el dibujo, el óleo, la fotografía), una serie de notas que sigue tomando.

       Un objeto lírico-simbólico es su africanista Árbol de 1979, espigado laúd sonoro que simboliza la musicalidad inherente del viento que se encuentra con las ramas y las hojas. Los árboles, se transforman en esa década, en espíritus animadores; son los Ginko Biloba que signan sus instalaciones Glass I y Glass II.

       La naturaleza alcanza, asimismo, una máxima condensación, en las instalaciones de Mesas, en la forma de naranjas apiladas, platos de fruta desplazados al suelo, que ya no están en la mesa, al igual que la naturaleza, ya no está en nosotros, sino de manera dolorosa, como anhelo, melancolía, ausencia…escisión.

       Paradoja vanguardista de una ultra-modernidad, sin que ello suponga la merma, o el desdoro, de la fascinación por la belleza humilde, dúctil, del neón. Que el artista, que telefonea a la fábrica y supervisa la producción de sus piezas, esté supeditando la innovación artística a un arcaísmo predeterminante. No. Ambas fuerzas, el significado, que parte de una tensión de la conciencia moderna (naturaleza-sociedad versus pos-industrial), y los materiales expresivos que emplea para ello, son contemporáneos.

       Arborescencias, es una estética que el tiempo ha desarrollado y enriquecido en el creador. Estética heredera de las dialécticas simbólicas que he querido exponer, y a la vez, perfeccionamiento físico, material, del símbolo en sí. Con ella, Emperador sella dos decenios de búsqueda y experimentación escultural, y eleva a nuevas alturas, su arte del hierro. Las grandes grafías abstractas, las geometrías de volúmenes que se interpretaban, y los rostros de lejana inspiración pos-cubista y africana, conducen a esta explosión de la forma, marcada por la intensa presencia de la curva y el ritmo.

       Árboles y plantas que se elevan, crecen y florecen. Este es el espectro, la sección botánica, que se nos ofrece. Y se hace mediante un alfabeto compositivo sencillo y eficaz, que embosca, bajo las líneas sinuosas de un inesperado neo-barroco, sólidos (nunca mejor dicho) elementos de construcción.

      La forma florecida se alza, remata, un tallo o tronco, recto o ondulante. Veamos, de cerca, el caso de Arborescencias I, para comprender la pluralidad y la ritmicidad de esta nueva escultura. El tallo en este caso es una raíz que se enrosca sobre sí misma y se comprime, poderoso anclaje que proporciona el firme arraigo a una incipiente vida vegetal. El énfasis recae sobre esta evolución rizomática, no es la vid, sino su salomónico y tenso sarmiento lo que nos interesa, la absoluta tensión horizontal desplegada y su estrategia de dominio espacial, que asegura el ciclo completo, el éxito, de la planta. Las hojas de esta obra, serán en general, las hojas de todas las siguientes. Quiero decir, establecen un patrón de conjugación; una pieza del alfabeto.

       La intensa contención de la raíz en su lucha contra la gravedad, da fruto en las pequeñas y delicadas hojas que asoman coronando las ramas y que se abren excéntricamente, complementando el ritmo curvo-dinámico del tallo. Sentimos, es una armonía óptica, el gran truco del arte, el equilibrio de las fuerzas congeladas en el inverosímil medio del hierro. Lo centrípeto y lo centrífugo, la delicadeza de la hoja y la fuerza del tropismo, lo estático y lo dinámico, en yuxtaposición.

       La suma de estas fuerzas y la belleza de su exposición, emanan la esencia de esta escultura, que se revela múltiple, pluriangular, inagotable. Da igual desde dónde observemos este símbolo arborescente: cada ángulo o grado de giro exalta la estética y la enriquece. Emperador se aproxima los altos de la escultura clásica. A tal logro integral (de la integración armoniosa), añadiría otra dimensión meta o extra simbólica (no olvidemos que cada una de estas obras conllevan una importante transformación simbólica).

       La escala de la escultura, su contención, y por ende, su vertiente contemplativa. El artista, de algún modo, retorna al género. Arborescencias es también un ensayo conceptual de naturaleza muerta, un itinerario de botánica metafísica, en un mundo donde solo conocemos el reflejo de lo real, el fragmento de la naturaleza. El pensamiento simbólico en hierro resitúa la angustia de la conexión perdida, la traslada al espacio público, o al afortunado salón del pudiente coleccionista.

       En cada una de las piezas (Cepa, Espiga, Flamboyán, Papayero), la sintaxis se adapta al espíritu intrínseco de la observación, a la compresión mental que conformará y expresará el símbolo. Cepa proyecta la intrincada elevación rizomática, Espiga la estilización de un tropismo mediante el desarrollo curvo horizontal. Los Papayeros subrayan aún más la contención simbólica al materializar la fuerza del árbol: su potente y recto tronco que sustenta las ramas cargadas de pesada fruta. La antagónica pugna de lo aéreo y lo terrestre, que es también metáfora de nuestra condición.

       Arborescencias nos introduce, finalmente, a otro aspecto de la evolución artística, de la madurez creadora de Emperador. Un declarado gusto alegórico, legado de su pasado, pero trasladado ahora a una nueva claridad. El Monet que admiró en el Grand Palais, ese panóptico de la cultura visual que es el ciclo de los nenúfares, ya preexistía en los fondos selváticos de antaño. El homenaje que realiza del anciano pintor cruzando (en forma vegetal, arbórea) el puente de su amado estanque en Giverny, es un lúcido e intrincado escenario que revigoriza nuestro panorama.

      La ola de Emperador-Hokusai, o la fuerza motriz marina (la ola se compone, como las ramas de varias pletinas soldadas), alegoriza y homenajea otra de las sagradas fuentes a punto de sequía, surcando océanos y aunando civilizaciones, o realidades insulares. No podía el artista dejar de hacer un guiño a nuestra propia modernidad clásica. Lo hace difuminando y silueteando a un sátiro, que coloca entre las sinuosidades del filodendro. Leopoldo ha querido visitar el Jardín de las Hésperides, y saludar a Néstor con su feliz cohorte de sátiros hermosos.

         Jonathan Allen

                         Las Palmas de GC. 25 de octubre de 2011