escultor

José Luis Gallardo.

Leopoldo Emperador cuando contempla la escultura de principios de siglo, descubre que no todos los temas fueron agotados (tema nuevo) y también cosas de las que en la actualidad ya ni se habla (tema recobrado) o ya ni se usan (técnica puesta al día) o no se les ha sacado el partido potencial que sin duda tienen toda­vía. Para subsanar estas carencias, Empe­rador se sumerge y bucea en la inapreciada fecundidad del pasado, pero es consciente de que esta obra recobrada no puede cam­biar en verdad el porvenir, si el conjunto de la historia y de la teoría no cambia al unísono. Y llega a la convicción junto con Michel Butor, al que en esto nos referimos, de que la sola y mejor prueba de una profunda novedad de la obra de arte es su poder retroactivo. Por ello, la noche de la inauguración el pasado 21 de noviembre, Vegueta fue un escándalo. Picasso, Miró, Archipenko, Boccioni, Julio González, Cal­der, y otros artistas adscritos a la ‘nueva edad del hierro’, fueron transformados, metamorfoseados, exprimidos, por Empe­rador, y palpitan en la galería como algo vrvo.

Recuerdo la exposición del año 1992 en el Centro Insular de Cultura. Recorríamos mi hermano Tony y yo la amplia galería.

«¿Crees tú, Tony, que detrás de estas figuras hay un escultor?», le pregunté así como de pasada y con cierta sorna.

– Hombre -me respondió poco más o menos. Si dejamos de lado la discutible cuestión del mimetismo y cierta explicable impericia, en el tino para la elección de las piezas de ensamblaje, en los cortes, en la limpieza de la soldadura e incluso en la noción del significado del espacio que aquí se manifiesta, no me cabe duda de que Leopoldo Emperador es todo un escultor del hierro en ciernes.

No me sorprendió mucho la respuesta, en realidad me la esperaba, pero sí la contundencia con que la dijo, sobre todo viniendo de un escultor veterano que conoce bien el oficio. Este escultor en ciernes que Tony Gallardo saludaba hace cuatro años, recibe hoy, a mi juicio, su merecida acta de nacimiento Para los escépticos, si contemplamos la atrevida pieza en acero de Emperador que lleva por título Mujer con un solo pensamiento (1997), podemos observar, en primer lugar, cómo recupera a la Mademoiselle Pogany (1915) de   Brancusi, quien a su vez lo hace con la Cabeza  femenina del arte sumerio del siglo XXII a. de C., que se con­serva en el Museo de Berlin.

Esta última, a su turno, se inspira en la Cabeza viril: Gudea, del mismo siglo y que se conserva en el Metropolitan de Nueva York. Todas ellas son representativas del diálogo del escultor con un guijarro y se proponen insertar, en lo fun­damental, las formas humanas en moldes primordiales, tal como nos lo dice André Malraux. Como los escultores sume­ríos Brancusi transforma el párpado en un fuerte relieve, dentro del arco superciliar, y para conquistar sobre la base de una for­ma primordial otra totalmente original, el escultor rumano, desde la oreja a la nariz de su Mademoiselle, ha tendido el arco de las cejas del Gudea. Es la misma o parecida operación, la que realiza Emperador con su Mujer con un solo pensamiento.

Según siempre con Malrauraux los sume­rios, si simplifican las formas lo hacen para liberar al hombre de su humanidad. El ideal de Brancusi, por su parte,no es el de esculpir el rostro de Mademoiseile Pogany, y ni siquiera un huevo, sino una cábeza.  De la misma manera, seguimos con Malraux, lo que Cezannne dice del cilindro y el cono no le conduce a pintar cilindros.  Pero la aportación de nuestro joven escultor  ahora consagrado va más allá. Su ambición es la de ver en grande, ambición que  define, para Baudelaire, a las esculturas de alta época, según cita de nuevo Malraux. La unidad que busca Emperador es aquella que borra las invenciones anteriores, más ni menos.

Beso. Hierro forjado. 1997. Colección privada Las Palmas de Gran Canaria.

 En efecto, su  cabeza de Mujer con un solo pensamiento, niega a Brancusi y niega a la derivación cubista, al tiempo que lo hace con la máscara africana, pese a su penacho, para, valiendose de la ironia de esa boca torcida, por ejemplo, alcanzar la forma-prueba de que habla Malraux, el juez secreto que obliga a los escultores a ceñir su dibujo y a tensar sus volúmenes, a fin de que las figuras que ellos crean participen de su fuerza misteriosa. La resurección. de todas las artes del pasado -finalizamos con el autor del Museo Imagina­rio- saca a la luz poco a.poco, frente a las referencias que afir­man el parecido, la presencia manifiesta u oculta de las que, como las de Leopoldo Empera­dor, en cambio, refuerzan su disi­militud esencial.

Dice Jean-Paul Sartre, finalmente, que experimentamos gra­cias a otros lo que otros experi­mentan como si fueran nosotros. Intento decir con esto, que Empe­rador no consigue comunicarse con sus seguidores unicamente mediante  signos.   Hay en este gru­po de esculturas, sobre todo en las realizadas este mismo año, como un experimento en comu­nidad, en el sentido de que  engloba  tanto al contemplador y su entorno como al ejecutante y el suyo propio y, por supuesto, a la obra misma. Y, más que nada, lo que se propone nuestro joven arstista es restituir al hierro, al bronce, al acero con el que trabaja, la unidad de su emoción. Porque en definitiva, continúa Sartre con respecto a la pintura, si no se tratara más que de esculpir, cada cual podría hacer la prueba.

Ahora bien -finaliza- el arte exige que yo rehaga ese acto. La belleza no surge hasta que yo la haya recreado.Nada que temer: en el acero martillado y ensamblado por Emperador, nuestra fascinación  de  es requerida por los temblores de una materia resistente en vias de organizarse y doblegarse, al tiempo que alcanza forma artística.